|
UN CONMOVEDOR ACTO DE FIDELIDAD
La única fecha exacta que recuerdo relacionada,,, con lo que en seguida narraré, es el 26 de septiembre de 1966. No la puedo olvidar poque en la mañana de ese día la región suroeste de la República Dominicana recibió la furia de uno de los huracanes más desbastadores de los muchos que a través de los años han azotado el territorio dominicano. Había seguido la trayectoria del Huracan Inés a traves de los boletines expedidos por el Servicio de Meteorología y por medio de un mapa había marcado la ruta, hasta el momento cuando la tormenta tocó tierra en una pequeña población rural, donde la mayoría de sus habitantes profesaban el adventismo.
Para entonces era uno de los dos administadores de la Asociación Adventista Dominicana y por la gravedad de los daños provocados en esa zona del país, como dirigente de la iglesia nacional salí en compañia del recien electo presidente de la Iglesia Adventista, para asistir los posibles dagnificados que pudieran sobrevir a la furia de la tormenta. Esa mañana del 26 de septiembre inicié los preparativos para obtener alimentos, vestidos, frazadas y otros productos necesarios para socorrer las víctimas.
Después de contratar los servicios de un camión y su conductor y una vez colcada la carga empredimos el viaje de más de 150 kilómetros. Viajamos sin novedad hasta la ciudad de Barahona situada a unos 50 kilómetros al este de la localidad afectada. Cuando tomamos la carretera que nos conduciría al lugar de desastre, nos vimos forzados a regresar a la ciudad de Barahona. La carretera estaba destruída y en muchos tramos completamente intransitable. Grandes árboles caídos obstruían la vía.
En la ciudad de Barahona solicitamos a las autoridades de obras públicas los servicios de un greda con su operador, para que nos franqueara y quitara los troncos de los árboles que impedían el pazo hacia el lugar de desatre. nos tomó casi un día recorrer los 50 kilómetros que nos separaban del lugar de desastre. Unos pocos kilómetros antes de llegar a Juancho, (así se conoce la colonia que recibió la más fuerte investida del huracán), obsservamos a nuestra derecha lo que fue un edificio de acero propiedad de un consorcio algodonero. Las estructuras yacían en el suelo y las que fueron sus grandes vigas de acero, parecían un montón de palillos. El huracán no dejó nada más que perteneciera a este edificio, sino estas vigas destrozadas y amontonadas en un rincón de lo que había sido el edificio. Cuando vimos este montón de acero, el Pastor González exclamó: !Nuestro Dios! ¿Qué ha sido de nuestros hermanos en Juancho? Entonces automaticamente brotaron lágrimas de nuestros ojos, que como espesas gotas de lluvia inundaban nuestros rotros.
Llegamos a lo que había sido La Colonia Juancho. Todo había desaparecido. Aún sus habitantes no se veían por ninguna parte. Nada cuya posición había sido vertical antes de la tormenta, quedó en pie. A no ser por los rellenos donde habían estado las viviendas del lugar, alguien como yo, que no conocía el poblado, podría pensar que nada había sucedido. El Pastor Eligio Gonzalez, el presidente de la Iglesia Adventista nacional, que sí conocía el lugar, pensativo enjugaba sus lágrimas. Parecía que por su memoria desfilaban los rostros de los que fueron sus feligreses y ahora taciturno, me pareció que le preguntaba a las imágenes que de ellos conservaba en su memoria ¿Qué suerte habrán corrido?
Ni siquiera una tabla o una hoja de zinc se veía por ninguna parte. No puedo recordar cuánto tiempo pasamos en silencio llorando. Aún el conductor del camión y el tractorista, hombres curtidos por el trabajo y los años, enjugaban sus lágrimas. Allí parados, tres hombres en silencio nos bebíamos nuestras lágrimas. Sólo el Mar Caribe a nuestras espaldas rompía el silencio y rugía con un lamento al azote de los vientos, mientras sus olas rugían al estrellarse contra las duras rocas.
Después de un tiempo que nos pareció una eternidad, a la distancia, en la llanura de la sabana frente a nosotros, observamos lo que al principio nos pareció una manada de chivos o cabras que se movian hacia donde nos encotrábamos parados. Al principio lucían pequños, mientras avanzaban aumentaban de tamño y ahora dudábamos si realmente eran animales o seres humanos. Al fin se acercaron lo suficiente como para distinguir que parecían seres humanos que salían de una cueva, atraídos por el camión estacionado frente a las que fueron sus viviendas.
Me he imposible recordar cuántas personas nos rodearon. Su aspecto parecido al estado de ruina que observábamos por doquier: Medio vestidos, pantalones raídos, rostros tristes, hambrientos y con la tragedia dibujada en sus caras. Tal era el aspecto de los hombres y las mujeres del grupo. Los niños en su mayoría desnudos, temblaban de frío, con sus brazos cruzados alrrededor de sus vientres, como diciéndonos "tenemos hamabre"
Sacamos del camión ropa, frazadas y alimentos listos para el consumo y los ofrecimos al grupo. Todos tenían una historia que contar: tristes, heroicas. Casi todos agradecían a Dios por su protección al presevar sus vidas, cuando unos tantos habían perdido las suyas. La mayoría del grupo pertenecía a la Iglesia Adventista de aquella comunidad. Unos recordaban con lágrimas en sus ojos, el momento cuando un ser querido o un vecino y amigo, fue arrastrado por la fuerza de los ventarrones. Otros contaron como atinaron en medio de la tormenta a huir hacia aquella cueva de donde los vimos surgir, cuando aún nos parecían cabras o chivos a la distancia.
La historia más asombrosa, no por ser una tragedia, sino por ser un tributo a la fidelidad en medio de semejante desastre, la relató un hombre pequeño, de piel quemada por los rayos del sol. Su relato fue tan conmovedor como aquellos que nos hicieron conocer el fallecimiento de un familiar de alguien del grupo. Este hombre sólo vestía un raído pantalón, sin camisa y descalzo como la mayoría del grupo.
"Mire Pastor-el hombre se dirigía al pastor Eligio González-cuando mi casita era sacudida como un trapo, le dije a mi mujer corramos a la cueva de los indios. Salimos y veíamos ramas, tablas y hojas de zinc que volaban por toda parte. Cuando habíamos avanzados unos pocos pasos, me acordé pastor, que en un clavo en la pared de nuestra casita había colgado en este pañuelo-ahora el hermano introducía su mano derecha en un bolsillo en la parte trasera de su raído pantalón, de donde extrajo un pequeño pañuelo lleno de nudos, que parecía más bien un terrón endurecido. ¡Mire Pastor!-Volvió a decir el hermano. Cuando corríamos hacia la cueva para ver sí salvabamos la vida. ¡Mire Pastor!-Volvió a repetir-Me acordé que dos días antes había colgado este pañuelo. Mientras hablaba desataba los nudos del pañuelo y seguía repitiendo. "Mire Pastor". Al fin dijo: "Pastor doy gracias a Dios que pude salvar mis diezmos y ofrendas y aquí se los entrego."
Mientras el hermano hablaba, se aceleraba mi pulso. Fue tan fuerte mi conmoción que además de lágrimas, brotó de lo más profundo de mi ser un grito: "Devuelva ese dinero al hermano pastor"-no me pude contener-"No Cami"-me contestó el Pastor González, mientras contemplaba los arrugados pesos que había depositado en sus manos el fiel hermano.- "No Cami"-Volvió a repetirme. -"Estos significan el acto de fidelidad de este querido hermano" y agregó- "Hermanos, este joven que estedes ven-señalándome con su dedo índice, es el hermano Cami Cruz, el nuevo tesorero de la Asociación, a quien le entrego los diezmos y las ofrendas del hermano. Dejé al Pastor Eligio González con su mano extendida. No me atrevía a tocar aquellos diezmos y ofrendas. Me parecía que aquel momento no había nada más sagrado que aquellos arrugados pesos en la mano del Pastor González. Enmohecidos pesos, que representaban el acto de fidelidad más insólito que jamás volveré a experimentar. Había que estar en aquel lugar, en medio de esa ruina total, Este mismo hermano había perdido todo lo que tenía, inclusive una pequeña sobrina, hija única de una de sus hermanas.
Cuantas veces he contado esta historia para ilustrar mis sermones de fidelidad, he tenido que hacer un gran esfuerzo para contener mis lágrimas. No solamente porque vuelvo a recordar aquellas escenas de dolor, destrucción y muerte que viví en Juancho, sino más aún, por la lección de fe que aprendí de aquel humilde campesino, que aún medio de la tragedia y habiéndolo perdido todo y ahora vivo por un milagro, pudo exclamar: "PASTOR DOY GRACIAS A DIOS PORQUE PUDE RECUPERAR MIS DIEZMOS Y MIS OFRENDASS Y AQUÍ LOS TIENE".
|